sábado, 29 de diciembre de 2012

Reseña sobre “Piedralaventanaelcielo” de Pablo Salazar Calderón. La Plástica de las Transformaciones de la Palabra. Por: Gonzalo Valdivia Dávila




Desde que nació la poesía, quizás dedicada a evocar númenes tutores de la vida del hombre, o explorar las fuerzas desconocidas que llevaban al ser humano a decir su sentir de una forma que cambiaba el curso de la comunicación inmediata, se consideró al poeta un artesano de la palabra. Es en esta lid contra el discurso peculiar de las masas que no se rebelan ante su sino, ni les preocupa revelar su ser, que ubico la actividad creadora de Pablo Salazar Calderón Galliani (París, 1978), labor que tiene sus frutos en un poemario al cual quiero hacer justicia, “Piedralaventanaelcielo”, acotando sus influencias y motivaciones, que demuestran el trabajo febril de su autor, sin cejar en el cometido de diferenciar su voz, de la de sus maestros y aun contemporáneos.
El título de este libro tiene estructura de haiku, pues bien podrían ser tres versos que nos transmiten la necesidad de romper con las fijaciones del vidrio con que enfocamos nuestro mundo, para de un solo golpe alcanzar vuelo de altura en el arte de la poesía. El poeta se ha nutrido de la precisión de blanca Varela en la primera parte de su libro, “La Noticia Fantasma”, pero como ya sabemos de cierta economía del verso en nuestra laureada poeta peruana, Pablo ha recurrido a la influencia de Antonio Cisneros para buscar confesar sus visiones del arte mediante el coloquialismo, sin que por ello, su lenguaje pierda sentido críptico.
Esta primera sección del libro también se nutre del malditismo de Henri Michaux, con ciertas imágenes fuertes, frías o algo chocantes, pero al mismo tiempo tomando distancia de la crudeza original del poeta belga, lo mismo podría decirse de otra de sus fuentes tanáticas, Leopoldo María Panero, a quien puede seguir el hilo de tristeza, pero sin convertirla en honda desesperación, o especular con las imágenes eróticas que irrumpen en la lectura sin mayor provocación a los sentidos, para no copiar la locura del verso aglutinante de este vate español. Esta es una primera piedra, un primer lance contra varias ventanas o miradores del panorama poético, para buscar un equilibrio aún frente a las tendencias de vanguardia experimentales y tomar como escritor un cauce natural para su imaginario.
De modo análogo a como el “I Ching” sugiere las transformaciones de los elementos del cosmos y sus combinaciones aleatorias o yuxtapuestas, Pablo Salazar Calderón trabaja con materiales maleables, dúctiles, capaces de ser impregnados de su voz, para apropiarse del legado de sus maestros, cercanos o distantes, pero cambiando el tono, a saber, frente a los autores contestatarios al canon como Zurita, Panero o Michaux, retomarlos lúdicamente a fin de compartir un mensaje que suene menos agresivo que el de ellos, pero no por ello menos vital. En poemas como “Altar”, figura el paso del tiempo y la playa como imagen perenne en este autor, donde el paisaje poblado de ratas recuerda la culpa de pasados descuidos, no en su poesía, sino en algún supuesto episodio biográfico, ilustrado por una escena que recuerda el templo abandonado y sucio de Pachacámac, que hallaron los conquistadores españoles. Por otro lado, en su poema “La mosca” se ve la resistencia  a la locura, al embate de la ruina o el fracaso de un amante que orbita a su amada, dejando un eco mínimo de la presencia del yo en ella. Su poema “Cronos” es bastante vallejiano, pues la necesidad del hambre de nuevas experiencias redunda en la soledad del poeta ante el tiempo ineludible que lo va a regresar abruptamente a la realidad. Luego “Cailloma” es la composición más sexuada del libro, donde el eros masculino toma formas freudianas como pescado, para impregnar de olores y materia contingente los versos.



La segunda parte, “Crayola negra” emula la vitalidad de Federico García Lorca, al mismo tiempo con este ejemplo, el poeta busca pintar dejando bien marcadas sus imágenes de miedos o deseos oscuros confrontados con el mundo físico; así el poema “Yute” es como el arte poética de este libro, una defensa del verso libre, en la forma de un  tejido duro y resistente, pero lo suficientemente flexible para ser recipiente y saco de diversas influencias, las cuales si lo desgarran, permitirán brindar un fruto sublime, de esa tela humilde que simboliza las muchas horas que el poeta se sienta a escribir, dejando de vivir para la tribu, o quizás viviendo más intensamente, el proceso de transformación plástica de sus imágenes.
“Alumbramiento” retoma el hilo del haiku, revelando un camino que es más un encuentro con el miedo, situación inevitable para cualquier poeta que actúa para afirmar su presencia en el escenario de las letras y combatir el olvido. En “Orfeo” todos los recuerdos tienen capacidad de renacer, pues se hacen niños en tanto llaman al juego con el lenguaje, y es aquí donde reluce una habilidad de Pablo, su uso del oxímoron en “venenoángel”, que se ha vuelto en su composición bastante plástico y natural. Es la línea de la regresión a la infancia, también en “Mambrú” con un tinte de anacronismo hacia la post modernidad en la imagen del tren bala. Pero no solo los viajes de la invención de Pablo Salazar Calderón ocurren en esta locomoción, también en los frágiles caballitos de totora de su poema “Viajabas”, donde evoca a los hombres de la cultura Mochica. Esta segunda sección termina con “El abuelo Colón”, un enlace del poeta a su familia ecuatoriana, donde la piedad filial se hace virtud de poesía y motivo de compartir un itinerario o viaje personal.



La tercera parte del poemario “Como inquieta naturaleza revivida” es una sección que evoca la música como compañera de la biografía del autor, tanto en “Bethoviano”, donde la música clásica se identifica con el legado de Europa para los poetas latinos, a modo de recurso para apuntar al cielo de una poesía que no cesa de buscar traspasar sus límites y fronteras; y “Videamos en Fitzcarraldo”, donde las melodías se hacen más naturales, desde el viento que modela la flauta, al canto de los pájaros y “las aguas líricas”. Finalmente, en “Pasó un poema” , el poeta retoma la forma de arte poética pero combinada con un balance e introspección de su propio arte, para dejar zanjadas dudas sobre su estilo, sus motivaciones estéticas, o la biografía artística que él desea compartir; pero también para cerrar con una buena noticia “Pasó que no es tarde” para que el autor siga escribiendo, transformando los materiales y elementos de los maestros que selecciona y con quienes se identifica, de acuerdo a su voz, a su plástica verbal, en lo que deberá reportarle otro libro más, de un paciente trabajo órfico de la palabra.

Reseña y collage de comentarios sobre el libro "Piedralaventanaelcielo". Por: Rossina Valcárcel.

El novísimo poeta Pablo Salazar Calderón (París, 1978), hijo de madre médico ecuatoriana y padre escritor peruano, alguna vez afirmó que su arte nacía libremente y que su poesía lo salvaba de sí mismo. Él, viento en popa, indaga las imágenes que no ha percibido ni leído pero que siente en sí, aguardando forjarse, penetrando más allá de lo compasivo y lo ruin.
Terrado de Cuervos (Serie insular, Tranvía, Lima, 2008) ha llamado la atención. La joven poeta Andrea Cabel observa: El vértigo es la sensación que envuelve estos ocho textos reunidos bajo un fascinante epígrafe de Henri Michaux, el vértigo y la impotencia, el “apenas” que reina en todos los versos, y que hace que los poemas cuelguen y dejen al lector desencajado, ansiando hallar otro orden, otra fuerza, nos obligan a retomar la lectura y a no dejarnos llevar por una primera impresión. La intensidad no mana a primera vista, sino acorralando el curso de esta sensibilidad atormentada. Igualmente, la fuerza del desamparo se hace rotunda, sobre todo al reparar que existe sólo un personaje en el transcurso de los versos, sólo uno que se enfrenta a sí mismo, y que para ello, no maneja al amor ni a la pasión, sino a sus propias alas que son su propia imposibilidad. Del amor sólo poseemos una reminiscencia sutil de escenas y semillas frías. Así, la lectura nos reencuentra en este “casi” que nos incita hacia la impoluta sensación de estar solos y detenidos, atrapados en una resortera oscura, en una vida encarcelada en una autopista blanca (La siega, Lima, septiembre 2008).
El segundo libro de Pedro Salazar Calderón, nada convencional, piedralaventanaelcielo (Lima, paracaídas, 2011), es un libro breve, muy bien estructurado, que enuncia con expresión singular y que rastrea en sus proposiciones un ardiente modo de capturar lo real y sus circunstancias. El lector y lectora que se avecinen a estos versos podrán verificar que la praxis y/o experiencia, toda práctica humana, son susceptibles de transferirse hacia el filtro del arte, de la pasión, del hechizo de la palabra.
Lleva un significativo epígrafe del español Leopoldo María Panero (1948): Hoy las arañas me hacen cálidas señas desde/ Las esquinas de mi cuarto, y la luz titubea, / y empiezo a dudar que sea cierta/ la inmensa tragedia/ de la literatura.          







El poeta Vladimir Herrera cita los poemas “Yute” y “Viajabas”. Un aire de perfección formal y frescura nos trae la poesía de Pablo Salazar-Calderón Galliani cuando estábamos mal acostumbrándonos al ambiente enardecido de los versos sin mesura tal que sábanas desteñidas tan aplaudidos por algunos de mis contemporáneos (V.H., Laguna Brechtiana, 30 noviembre, 2011).





Miguel Ildefonso, poeta y crítico literario peruano, con ojo zahorí advierte que el autor agrupa poemas de disímiles temas como la naturaleza, el erotismo, las remembranzas herméticas, la memoria familiar, la no-identidad, el existencialismo, la urbe. Tal como la cohesión sonora, sinfónica, del título, los versos circulan en las páginas con una grácil música capaz de ordenar la esfera de una piedra con la esfera del cielo, a través de la ventana, que es imagen de la portada del libro (de Marcel Duchamp, 1920, francés nacionalizado estadounidense) y que es el umbral por donde nos mostramos a esta doble dimensión de la realidad, el temporal perentorio y el sublime de las eternas esferas. Vale enfatizar asimismo la forma proyectiva de los textos, como un conjunto de figuraciones y efectos en persistente expansión y contracción: el multiverso, la composición por campos. Aquí Ildefonso cita el denso y complejo poema: “Yute”. (C/f: Nido de palabras, 29 diciembre, 2011).
Poeta a contrapelo, nuestro autor emplea ironía y aspereza, pero también nos manda señales de sublimación y leve ternura. Él busca y encuentra. Veamos:
Las ratas juntan la arena de mi playa, / forman un cerrito negro con mis verdades. (p. 11).
Acaso por ello el inclasificable Henri Michaux (belga, nacionalizado francés, quien exploró los conceptos de límite y de frontera, para ir más lejos...), es un eje paradigmático en la poesía de Pablo.
Leamos un fragmento del texto “La mosca”, donde escapa, de alguna manera, de lo cotidiano:
El peso enfermo de mi cabeza/ gobierna la podredumbre de volar en este insecto/
La uña duerme/ la brisa es negra/ su vaivén devora mi angustia/ jadeo sudo enfebrezco muerdo/ me poso en tus hombros / te lamo la nuca… (p. 13).





Ha perfilado en piedralaventaelcielo su propia entraña como poeta. Ha dado con su propio hilo de Ariadna para llegar hasta el Minotauro que, obvio, son ambos dos hologramas de él mismo (01/10/11 Blog de Pedro Granados).





Pablo Salazar Calderón traza la ciudad o escribe sobre su ciudad interior que brota instantáneamente bajo la percepción del que ha asimilado la tradición, como sostiene con solidez el poeta compatriota Domingo De Ramos.





"Descubrir su excelente tono poético es una sorpresa: poesía que uno lo hermético y lo visual, el verso sencillo pero sugerente, y transmite sobre todo, una angustiada sensibilidad que nos eriza", dirá el poeta Elqui Burgos afincado en París.


Hay poemas donde palpamos la belleza surrealista como en “Videamos en Fitzcarraldo” y en “Pasó un poema”, que nos remite, en cierta forma, a la voz del agobiado francés Antonin Artaud, hechizado pero ya peruanizado para asombro de la nueva poesía peruana en proceso y afirmación.

"Piedralaventanaelcielo" de Pablo Salazar-Calderón, por Miguel Ángel Sanz Chung.







¿Cómo penetrar en el espíritu de un libro que parece concebido con el propósito de dificultar esa tarea? ¿De qué herramientas podemos valernos para iniciar la disección, si la principal de todas, la palabra, parece aguardarnos como una trampa en vez de una solución? Hago esta última pregunta pensando en el título del libro. Me atrevería a afirmar, habiendo ya concluido la lectura del poemario, después de ponerlo de cabeza y hurgado en sus recovecos, que solo el autor podría dilucidar la secreta relación del nombre del libro con su propio cuerpo. Pero esta no es razón suficiente para abandonar la tarea, por supuesto, y en las líneas sucesivas intentaré trascender al menos la epidermis de este libro compuesto por tres secciones:

La Noticia Fantasma:  El primer poema nos recuerda lo increíble que es que la poesía pueda servir para hacer un “Altar” con  nuestras oscuridades, y que al volcar nuestros demonios transformados en versos que persiguen algún tipo de belleza, terminamos entronizando lo que fuera del poema solo sería deleznable.
La negrura es lo preeminente en esta primera sección. Las sombras de la conciencia aquí están relacionadas con la enfermedad  y las peores manifestaciones físicas de la podredumbre (como se puede ver en “La Mosca” que se posa sobre lo pútrido y en el poeta que  termina confundiendo con ella las esencias). Para mayor desgracia, como sucede en el poema “Cronos”, el tiempo mismo se halla en contra; no da una mínima tregua al sufrimiento, no deja librarse del rencor, no permite si quiera la autodestrucción definitiva.
¿Qué sería entonces la noticia fantasma? Quizá la pérdida de la humanidad, el desconocimiento de la propia naturaleza, la desintegración de la espiritualidad. Si los personajes son espectrales, los hechos no pueden existir.

Crayola Negra:   “Yute” parece ser un arte poética  o al menos funciona a la perfección como tal.  Este poema justificaría las elecciones estéticas plasmadas en el libro; o tal vez habría que decir “las renuncias estéticas”, para dar paso a la parquedad estilística.
El resto de los poemas de esta sección se dedican a la evocación de ciertos recuerdos, dejando la sensación de una nostalgia implícita. Se termina creando un espacio para el regodeo de nombrar algunos pasajes relacionados con el juego, el viaje y las personas a las que se les guarda afecto. Pero no todo es ternura, por supuesto, si algo nos queda claro tras la lectura de este grupo de textos es que también es desgarrador redescubrir lo que se encuentra en uno mismo cuando echamos luz sobre las partes más oscuras de nuestra conciencia, cuando revivimos las sensaciones primigenias, los primeros años de vida y la fragilidad de ese universo.

Como inquieta naturaleza revivida:   Otra vez la persistencia del recuerdo termina poblándolo todo. En “Como el vino”, parece sugerirse que el vuelco del poeta sobre el poema, la sangría desencadenada, debería crear el lugar necesario para la recomposición de los fragmentos que conforman el yo, o, al menos, para lograr la comunión con los seres amados.
Un elemento importante presente en varios poemas es la música, con su propio poder para motivar la remembranza y, seguramente, como telón de fondo de las imágenes o los sucesos evocados.
Hay que apuntar que no vemos mucha diferencia entre estas dos últimas secciones del libro. Pienso que podrían haber ido perfectamente unidas, ya que casi no hay distancia ni estética ni temática entre ellas. Puede que el deseo de estructurar el poemario de forma perfectamente equilibrada (recordemos que las tres secciones tienen prácticamente la misma cantidad de poemas) haya primado en la elección de su separación.



Qué duda cabe que piedralaventanaelcielo es un libro con una alta cuota de hermetismo y que el tono se materializa en una voz lacónica. Me queda la sensación como si el verdadero origen de cada poema se encontrase en un árbol frondoso y lleno de ramificaciones que el poeta se ha dedicado a podar hasta dar con bonsáis que a su parecer reflejan lo esencial. Solo un par de poemas podrían hacernos pensar algo distinto (“El abuelo colón” y “Pasó un poema”), pero no nos dejemos engañar por la ilusión, porque hasta en estos textos de apariencia más confesional hay una gran contención, un amago de locuacidad constantemente interrumpido.
Pueda haber un problema de contradicción en la propuesta del poemario. Es claro que en los poemas existe cierta nostalgia por la evocación de ciertas situaciones y de ciertos personajes, pero conexión que habría que lograr con el lector para completar el circuito de la comunicación, se ve complicada por el exceso de parquedad, por el ritmo entrecortado, por la melodía intermitente y, sobre todo, por la falta de elementos que puedan crear un contexto en el que el lector alcance la identificación o, si quiera, una mayor empatía.
Vuelvo ahora, para terminar, a la primera pregunta planteada al inicio de estos comentarios. La imposibilidad de penetrar en el espíritu del poemario se encuentra en el hecho de que, al contrario de lo enunciado en el poema “Como el vino”, no es en el papel donde el poeta se ha volcado, toda la sangre y las vísceras se han quedado fuera de él , por decisión propia, por una elección consciente o inconsciente, pero lo cierto es que lo entregado al lector es apenas la punta del iceberg que, al parecer, el poeta no está aún decidido a mostrar.
Hay momentos brillantes a lo largo del libro. Nos queda la curiosidad de saber qué otros momentos fueron los que quedaron fuera de él.

La uña duerme / la brisa es negra… la poesía de Pablo Salazar-Calderón. Por Pedro Granados:


 
Poemario excelentemente estructurado; es su mérito primero, mas no el único. Y por lo menos dos poemas absolutamente logrados y para las antologías de poesía peruana de antes y de este siglo que ya se embala: “COMO EL VINO” y “Videamos en Fitzcarraldo”. Aparte de, por momentos de modo sutil y muy sugestivo, lograr la atmósfera gótica, el chorro de aguatinta… a Drácula mismo en compás de súbita toma de conciencia… Sin duda, creemos que, por fin --conocemos los versos de Pablo desde hace algún buen tiempo-- ha perfilado en piedralaventaelcielo su propia entraña como poeta. Ha dado con su propio hilo de Ariadna para llegar hasta el Minotauro que, obvio, son ambos dos hologramas de él mismo. La cuestión que sigue, tácito también, no es la más fácil… “temo el hacer que impone la lenta poesía”, nos dice Martín Adán, y muy lamentablemente --para los que han creído que el asunto va de otro modo-- acierta.

Mérito o socorro, muy particular, el encontrar nuestro hilo de Ariadna en el lugar de enunciación de la poesía de Pablo: América Latina, el Perú, Lima, la PUCP (¿todavía?), por lo general son lugares donde no se sabe leer poesía. O no se puede. O no se debe leer y sí dar paso y audiencia a los confundidos --discípulos y maestros-- de este, para colmo de males, tan mal remunerado mundo literario: “Toda nuestra oscuridad peruana/ Frente a sus ojos/ Inundan la sala/ Suben las gradas/ Anegan la noche en la azotea/ Con luciérnagas” (“Videamos en Fitzcarraldo”). 

Pablo no es un auto-confundido, manipulado o patéticamente arrogante más; es un tipo que busca… y encuentra. Prueba de ello la da este estupendo poemario, garra negra a punto de atacarnos.


De piedralaventaelcielo (Lima: Paracaídas Editores, 2011) 



Pedro Granados realizó sus estudios universitarios de bachiller en humanidades (Lengua y Literatura) en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Profesor de literatura del Colegio San Andrés. Luego viaja a los Estados Unidos obteniendo el Ph.D (Hispanic Language and Literatures) por Boston University; Master of Arts (Hispanic Studies) por Brown University; Profesor de Lengua y Literatura Española por el ICI, (Madrid).

Reseña de Francisco José Peña Rodriguez/ Madrid - España/ Plaqueta , Terrado de cuervos dePablo Salazar Calderón


Internet es un buen medio para conocer la poesía actual de la ‘Generación del 2000’, por ejemplo. Esa es una de las características más interesantes de la nueva poesía. De tal forma han llegado hasta España los poemas de Pablo Salazar Calderón. Su ‘Terrado de cuervos’ es una plaquette bastante interesante que reúne muchas de las características más acentuadas de la nueva poesía: verbalismo directo, falta de puntuación, uso de lenguaje estándar… La deconstrucción formal de los poemas es algo que llama la atención, sin lugar a dudas siguiendo la estela de la poesía de los años noventa. Los cuatro poemas son intensos, iniciáticos y, por ello, con alguna acentuación rítmica impropia que seguro el poeta sabrá solventar con el paso del tiempo y la experiencia. El escritor nos sorprende con una portada oscura; un cuervo en actitud desafiante (¿El desafío de un poeta ante el poema? ¿El interior del poeta mientras escribe?) que necesariamente no alienta a la lectura: engaño primero; los poemas son otra cosa. El poema ‘En la cruz’ nos permite conocer la íntima subjetividad del poema y del poeta. La cadencia del conjunto sorprende; es, quizá, un poemario construido desde la meditación interna. ¿Meditarán los cuervos? Para el poeta piensan, como nos versifica en ‘Apenas tus ojos existen’. No hay una deconstrucción del ‘yo’ poético; el poeta está presente entre las líneas de sus versos, pero sin condicionar la poesía que conforma ‘Terrado de cuervos’. Por supuesto que este último conjunto no es un poemario tradicional al uso, algo propio de la poesía en español de nuestros días y lo que condiciona al poeta a formar parte de un gran grupo poético que muchos críticos se niegan a reconocer bajo el marbete de ‘Generación del 2000’. El poema de Pablo Salazar que más llama la atención es ‘Alumbramiento’. Una composición inteligente, con mucha musicalidad y un ritmo obtenido de la suspensión procedente del ensimismamiento subjetivo del poeta: “Una autopista blanca,/ una raya negra sobre el medio/ se extiende/ pálpito a oscuras(…)”. El poemario está lleno de psicología; carece pues de un espacio físico que da paso al espacio metafísico procedente de una subjetividad que nos retrotrae a la poesía de los años ochenta. En esto último, en la exacerbación del subjetivismo, encuentro diferencias con otros poetas generacionalmente contemporáneos de Pablo Salazar. ‘Terrado de cuervos’ da paso a la sensación de angustia y desamparo de la voz poética; abandona lo social para ocuparse del individuo que es el poeta: “El pánico en un pañuelo mira el morado del silencio (…)”. La plaquette es recomendable, como es también recomendable seguir los pasos del poeta, que tendrá que decir mucho para ir consolidándose y si hay carencias, imagino que serán solventadas a partir de la temática y de la yuxtaposición de poemas sin un nexo temático necesario.



Francisco José Peña Rodríguez
Madrid / España

Filólogo. Político. Crítico Literario. Ha sido profesor de Lengua Española en Dartmouth College (EE.UU.). Ha escrito algunos cuentos y artículos literarios en revistas universitarias sobre diversos escritores y poetas. Es profesor de Literatura y Creación Literaria. Es político (un verso suelto dentro de su partido).

RESEÑA SOBRE TERRADO DE CUERVOS

GRITA

por Andrea Cabel
A primera vista, los cuervos son oscuros como las sombras, como el miedo. Sin duda, un terrado cubierto de sombras no es una imagen que aliente la lectura o a un clima acogedor, capaz de infundir confianza en un lector que se inicia en esta particular poética. El vértigo es la sensación que cubre estos ocho textos, el vértigo y la impotencia, el “apenas” que reina en todos los versos, y que hace que los poemas cuelguen y dejen al lector desencajado, intentando encontrar otro orden, otra fuerza, lo que nos obliga a retomar la lectura y a no dejarnos llevar por una primera impresión.
En el terrado no hay cielo, no hay mar, no hay un espacio para alzar vuelo. Todos los lugares aparecen reunidos en un mismo punto, que puede ser la memoria, el hermético recuerdo de lo que resurge con otros nombres. En este espacio, alguien explora su mente y sus defectos, explora sus tropiezos y esa profunda timidez que se siente al reconocerse como propio. En esta entrega, algo aparece como manchas reptando los tobillos y que por momentos sucede con el nombre de enfermedad. Luego, aparece nuevamente, llamándose “la palabra nadie” e invoca claramente “un mundo con los huesos rotos”, “un silencio lila que se recupera”.
La intensidad no fluye a primera vista, sino siguiendo el curso de esta sensibilidad angustiada. Asimismo, la fuerza del desamparo se hace contundente, sobre todo al notar que existe solo un personaje en el transcurso de los versos, solo uno que se enfrenta a sí mismo, y que para ello no utiliza al amor ni a la pasión, sino a sus propias alas que son su propia imposibilidad. Del amor solo tenemos un recuerdo sutil de escenas y semillas frías. Así, la lectura nos reencuentra en este “casi” que nos induce hacia la impoluta sensación de estar solos y estancados, atrapados en una resortera oscura, en una vida enjaulada en una autopista blanca. El sujeto poético palpita a oscuras y no utiliza ninguna máscara para ello, el hermetismo de sus versos no implica distancia de lo que sucede, “jadeo sudo enfebrezco muerdo”. El sujeto poético está vivo y se aferra a un baúl lleno de prendas blancas. Se aferra en un ejercicio preparatorio al vuelo, calcula la caída y se queda quieto, calcula el vértigo y sin moverse, escucha esa cruz que aparece a modo de noticia fantasma, escucha esa triste melodía de unos huesos sin origen, se cuestiona, y aparecen invisibles, las palabras escondiendo los poemas, el nacimiento propio y ajeno, la maternidad o paternidad sugiriendo semillas y origen se cuelan entre los versos y los poemas van desterrando las palabras para que finalmente, alumbre la angustia y sobrevuele lentamente un pensamiento que se extiende como el miedo, como la temperatura en una linterna / encendida.



Las criaturas de vuelo y aire, alistan sus alas y miran hacia la distancia que cuelga de su altura, el camino, larguísimo como un poema y brevísimo como el mismo, encaja en una noche nueva, “a penas las altas gotas del sueño // lentas // y gigantes // contra el empeine de mis abismos” despegan.


Pablo Salazar Calderón
Terrado de Cuervos
Serie insular / Tranvías Editores
Lima, 2008